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Serotonina, alimentos, felicidad y prensa

¡No dejes que la realidad te estropee un titular!

Serotonina_Alimentos

Aunque el artículo publicado en Nueva Tribuna está, en general, bien escrito; puede inducir a equívocos por lo llamativo del titular y por inducir a la gente a consumir triptófano en exceso o, lo que sería peor, a empezar a comprar serotonina (posiblemente impura).
Ningún alimento aporta serotonina y aunque la consumiesemos no atravesaría la barrera hematoencefálica.
Podemos consumir triptófano y con ello aportar el precursor de la serotonina; pero tampoco significa que todo el triptófano se va a transformar en serotonina en el organismo. A continuación se muestra la ruta biosintética de transformación de triptófano en serotonina; así como algunas transformaciones biológicas de ésta. Todas estas reacciones químicas están catañizadas por enzimas, que son los catalizadores biológicos,  con estructura proteica.

serotonin_BS_transformacionesFuente: http://www.ch.ic.ac.uk/local/

Pero si el déficit de serotonina es malo, su exceso puede ser también perjuducial para el organismo pues es una amina excitante neuronal.
Normalmente una alimentación equilibrada aporta la cantidad necesaria de triptófano, tanto el aminoácido libre como uno de los aminoácidos de las proteínas de los alimentos.

Bernardo Herradón

Luis Federico Leloir (1906-1987)

Mónica Graciela Soler, profesora de educación secundaria en Argentina participa en este blog escribiendo un entrañable artículo sobre Luis Leloir, Premio Nobel de Química en 1970 por sus extraordinarias contribuciones en la frontera entre la química, la bioquímica y la biomedicina, elucidando el mecanismo molecular de la biosíntesis de carbohidratos a través de nucleótidos de azúcares, la conocida como “ruta Leloir”. Es una de las grandes figuras de la ciencia hispana.

El enlace a la página del Premio Nobel, dónde podéis descargaros la conferencia de aceptación del premio, es el siguiente:

http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/chemistry/laureates/1970/

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Cuando se habla de los científicos que no sólo son reconocidos por su tarea, sino también por sus valores humanos, uno de los primeros nombres que nos viene a la mente en mi país es el de Luis Federico Leloir.

Era el menor de nueve hermanos; nació en París un 6 de septiembre de 1906, una semana después de la muerte de su padre, pero a partir de los dos años vivió con su familia en Buenos Aires. Con apenas cuatro años aprendió a leer solo, ayudado por los diarios que compraban sus familiares.

Luego de un fallido paso por la Facultad de Arquitectura, decidió que su vocación verdadera era la medicina. Una vez recibido, ingresó como ayudante de investigaciones en el Instituto de Fisiología dirigido en ese momento por el Dr Bernardo Houssay (Premio Nobel de Medicina en 1947).

En 1946 se le ofrece la dirección del Instituto de Investigaciones Bioquímicas (Fundación Campomar), ya que Leloir había dado probadas muestras de su capacidad para cumplir con los objetivos de la fundación: la investigación científica incesante y la formación de jóvenes investigadores. El Instituto funcionaba al principio en una casa muy vieja del barrio de Palermo, en la ciudad de Buenos Aires; constaba de cuatro habitaciones: los aparatos y mesas de trabajo ocupaban tres de ellas y la cuarta era la biblioteca, que había que proteger de las goteras cuando llovía. Finalmente, y con el tiempo, la fundación pasó a un moderno edificio cerca del Parque del Centenario.

Después de años de investigación silenciosa, el 27 de octubre de 1970 (pronto se cumplirán 41 años) una noticia recorrió el mundo entero: la Real Academia de Ciencias de Suecia había otorgado a Leloir el Premio Nobel de Química, por su descubrimiento de los nucleótidos-azúcares y el papel de éstos en la biosíntesis de hidratos de carbono.

Cuando se dio a conocer la noticia, la Fundación Campomar fue invadida por periodistas que requerían la presencia del científico. Vestido con su característico guardapolvo gris, aprovechó la oportunidad para elogiar a los científicos argentinos y reclamar apoyo económico para todos los investigadores. Este gran científico, que dirigió durante 47 años el instituto de Investigaciones Bioquímicas, donó el premio otorgado por la Academia sueca a la fundación.

Falleció el 2 de diciembre de 1987, a la edad de 81 años tras un ataque al corazón al llegar del laboratorio a su casa.

Jamás cobró sueldo durante los años que trabajó en la Fundación Campomar.

Al recibir la distinción del Premio Nobel de Química expresó: “Es sólo un paso de una larga investigación. Tampoco es una hazaña: es apenas saber un poco más

Mónica Graciela Soler
Instituto Sagrado Corazón e IPEM N° l61 “Manuel Dorrego”
Córdoba (Argentina)
monigrasoler@hotmail.com
 
 

Este artículo participa en el VIII Carnaval de Química que organiza el blog Caja de Ciencia.